viernes, 18 de abril de 2008

Consumista (a conciencia)

Después de dejar el rollo de fotos para revelar en Alonso (Alsina esquina Entre Ríos) enfilo para el lado de Corrientes y me meto en Zival’s y en otras tres disquerías más. Miro mucho, revuelvo, me ensucio las manos y no compro nada, como últimamente hacemos la mayoría de los argentinos, o unos cuantos al menos.

Sigo caminando por la “avenida que nunca duerme”, ya con ganas de volver a casa y hete aquí que no tengo monedas para el colectivo. ¿Qué puedo hacer entonces? O bien me voy caminando, o me compro algo y ruego que me den vuelto con monedas.

Como no tenía ganas de volver a pie, tuve un déjà vu forzado y otra vez me encontré dentro de una disquería, hurgando entre los cds y el polvo, esta vez con la decisión de consumir.

Y también me encontré mirando con demasiada atención los precios, y haciendo cuentas: ‘Este cuesta 20 pesos entonces no hay manera de que reciba monedas. Tengo que encontrar uno que salga 19 ó 17…’

Y de repente me encontré buscando un disco ya no por estilo musical o intérprete, ni siquiera por el arte de tapa, ¡sino por el precio! Hasta ahí llegué. Otra vez afuera con las manos sucias, sin disco y sin monedas.

Sigo mi camino por Corrientes en el sentido de los autos y entre el humo que reposa por estos días en Buenos Aires y el smog del 24, aunque parezca una paradoja, se hace la luz: “El gato negro”. ¡Cuántas veces pasé por ahí y me quedé pegada a la vidriera imaginando el aroma del té de vainilla y canela! ¿Por qué nunca lo había comprado? No lo sé. Pero esta era mi oportunidad. Y no la pensaba dejar pasar.

Sin mayores preámbulos abrí la puerta y enfilé derechito para el mostrador donde están todos los frascos, incluido el té (en hebras, claro está) de vainilla y canela -para los que no me conocen, son los dos aromas que más disfruto en la vida-. El mínimo es 25 gramos ($5) pero muy segura, le dije: ‘Ponéme 50’ (no iba a andar escatimando con la vainilla y la canela). Al té le sumé 25 de pimienta negra partida (todo en bolsitas separadas, mezclar nunca es bueno) y el total marcó 15 pesos pero como le pagué con 16... ¡Me dio una moneda!

Crucé la vereda para tomarme el colectivo con una sonrisa: había comprado a conciencia y además no tenía que volver a casa caminando. Eso sí, mis manos seguían sucias.

3 comentarios:

AYE dijo...

Discos, libros, recitales, comida... canela. Son todos buenos motivos por los que gastar la plata (y buscar la excusa de conseguir monedas).
Porque si no, ¿por qué no comprar un paquete de DRF?

Anónimo dijo...

En una época recorria los diferentes telefonos publicos de la ciudad, siempre alguien deja una moneda olvidada. El final de la odisea me encontraba con 8, 10 y hasta 13 pesos en mis bolsillos. Claro, eso era antes. Este maravilloso arte fue matado por los Cyber

Random

Pablo U dijo...

Muy bueno: me gusta cuando una situación cualquiera se vuelve interesante por el sólo hecho de agudizar un poco la mirada. Deberías sacar los signos de pregunta que pusiste al lado de tu profesión en el perfil.
El segundo comentario es de un blog de la época de Alfonsín, la gente dejó de revisar teléfonos públicos cuando alguien inventó que ahí ponían agujas infectadas. Se acuerdan de ese mito?