jueves, 10 de junio de 2010

Hay algo más allá del aire


Los canales de películas, como Cinecanal, tienen programación hollywoodense cien por cien. Esto no solo implica los films más pochocleros de la industria estadounidense, sino que también abarca el espacio publicitario.
Además de tener el enorme regocijo de mirar a Jude Law interpretando a un editor-padre en Vacaciones –una comedia romántica de las que nos gustan–, en la tanda es casi más difícil hacer zapping o mirar para otro lado. ¿Por qué? Porque aparece él promocionando una cámara de fotos. Porque está más seductor que nunca, porque sonríe plenamente y mira con deseo. Porque Ashton Kutcher compite palmo a palmo con Jude Law en belleza, sensualidad y seducción. 
Pero la joda no termina ahí. Por si fuera poco, en el segundo corte comercial, cuando ya me estaba levantando para ir al baño, aparece otro seductor en escena. Y este es uno de esos maduros infalibles. Él no quiere vendernos una cámara pero le compraríamos lo que sea. En la publicidad habla con dios y le dice que este no es su momento; y claro, George, tenés razón. Queremos seguir viendo el avance de las canas sobre tu cabellera castaña y que nos sigas conquistando con cada personaje que interpretes.
Así como me enamoré del editor londinense, también me capturó el ladrón pícaro e inteligente de La nueva gran estafa y lo mismo me pasó con el chico que se saca fotos en un restorán y sonríe como nadie más puede hacerlo.
Algo que no me sucede con la farándula local porque por más que aparezcan Gonzalo Heredia, Luciano Castro y Nicolás Cabré, que son bien bonitos, no les creo nada. Y bueno, eso suele pasar con los malos actores. 
Por suerte hay algo más allá del aire. Gracias cable, por estos bellos momentos. Son inigualables.

lunes, 10 de mayo de 2010

El cuaderno de mi hermano


Leo es muy prolijo, siempre lo fue. No tiene todo tirado como yo, se ve que le gusta el orden. Y así es con todo: su caja de herramientas con cada utensilio en su lugar, los condimentos en diferentes frasquitos pero en el mismo espacio, los cables enrollados cuidadosamente, nada de hacerlos un nido de carancho. Ahora que es nómade y podría dispersarse, no, su prolijidad y orden se acentúan. Tiene todo bien acomodado en distintas casas, cada caja de objetos está rotulada: fotos, COCINA: condimentos, tés, yerba; COCINA: utensilios y cubiertos; COCINA: Súper frágil, copas y vasos; y así.
Como quiere vivir en un velero está aumentando sus conocimientos náuticos por eso una vez por semana va al curso de patrón. El otro día vino a casa después de clase y me mostró su cuaderno de anotaciones. Yo también tengo el mío que uso en la facultad, es el mismo para dos materias y sufrió, entre otros inconvenientes, un derrame de agua que provocó una inflamación y posterior endurecimiento del papel. A pesar de todo se la banca y sigue llenándose con palabras, tachaduras y gráficos pésimamente dibujados siempre en birome azul.
Pero el cuaderno de mi hermano no. El cuaderno de mi hermano es distinto. Cuando lo vi le dije: “Boludo, esto es un manual de la escuela. Mirá yo tengo uno ahí, es como un manual”. Y me respondió: “Sí, claro, es que yo me quiero hacer un manual”. Es artesanal, está hecho a mano pero está diseñado con blancos, con gráficos de colores, con viñetas, con recuadros y hasta con íconos que indican atención, zonas de interés. Para no hacerme sentir mal, me dice: “Lo que pasa es que el tuyo es un cuaderno de apuntes. Yo no tomo apuntes, ¿ves? Lo único que anoto en clase son las páginas que tira el profesor y después en casa busco en Internet y escribo lo que me interesa. Por eso está tan prolijo, porque lo hago tranquilo en casa”.
Cuando guarda el cuaderno en la mochila, veo que se asoman unos rollos de contact y le pregunto: “¿No me digas que es para forrar el cuaderno?”. Se ríe, lo niega con la cabeza y me dice que es para otra cosa. Sospecho… cuando vuelva a ver el cuaderno les cuento.

domingo, 11 de abril de 2010

Hasta Villa del Parque


Todo lo que quede en el norte de la Ciudad de Buenos Aires, a mí me suena a alejado. Puedo llegar hasta Palermo, hasta Colegiales, con mucho esfuerzo, hasta Belgrano pero más allá, no. Más allá es casi la frontera norte, es verdaderamente la otra punta. Nuñez, Saavedra, Villa del Parque, Villa Urquiza, Devoto, Parque Chas, barrios raros, chiquitos, tranquilos, poco urbanos, barrios de casas, empedrados y bulevares.
La verdad es que no hubiera ido pero el casco de bicicleta más barato que encontré en mercado libre había que ir a buscarlo a Villa del Parque, o al menos, así lo anunciaba el vendedor. Lo pienso bien porque es un viaje, pero armo todo como para moverme el jueves semi feriado: voy desde el trabajo (en Almagro ya estoy a mitad de camino) y a la vuelta, viajo sentada, tranqui, en el 24 hasta Barracas.
Cuando llego a San Nicolás y Santo Tomé, compro el casquito y el vendedor que supuestamente era de la zona no tenía “ni idea” dónde paraba el 24. Entonces voy hasta la esquina y en Lusito –una de esas heladerías ochentosas, un local enorme lleno de mesas de vidrio color fumé y paredes de espejo, me hizo acordar a la vieja Saverio de San Juan y Catamarca–, le pregunto a la cajera. La señora tenía un ojo desviado, lo que de movida, me puso un poco incómoda, porque en esos casos nunca sé a qué ojo enfocar.
-Disculpáme, ¿sabés dónde parará el 24?
-¿Qué?
(Reformulo porque ese futuro sonó confuso) -¿No sabés dónde queda la parada del 24?
-Ah, acá en la esquina.
(Dudo, mucho) -¿Si?
-¿Vos para dónde vas?
-Para Avellaneda.
-Ah, pero ese va al centro.
-Sí, está bien, pero llega hasta Avellaneda.
-Si vas a Avellaneda te tenés que tomar el 24, no el 124.
(Desisto de un intento de explicación) –Bueno, ¿y dónde me puedo tomar el 24?
-¿El 24? Ah, pero para el 24, te tenés que ir hasta Villa del Parque.
-…
-Hasta Villa del Parque tenés que ir. Sino, te tomás el 124 acá en la esquina, pero ese te lleva al centro.
-¿Y cómo hago para ir a Villa del Parque?
-Para Villa del Parque agarrás esta y caminás hasta Cuenca, son como 7 cuadras, ahí llegás a la Plaza de Villa del Parque y te podés tomar el 24, pasa por Cuenca. Pero preguntá porque a ver si te lo tomás para el otro lado.
-Bueno, igual si me lo tomo para el otro lado, el colectivero me avisará porque el recorrido termina por acá, ¿no?
-No, termina en Villa del Parque.
Antes, nombré los barrios más conocidos del norte de la ciudad, pero además están unos barriecitos que de tan pequeños, solo los conocen en Luisito. Mirando el mapa, veo que pegados a Villa del Parque están Villa Santa Rita y Montecastro, seguramente Luisito queda en alguno de esos, aunque la señora no me quiso develar en cuál.

sábado, 3 de abril de 2010

Me gustan los chicos seductores


No me había dado cuenta, en 26 años, de esta verdad. Pero es así, no hay con qué darle. Un chico pasa desapercibido hasta que me empieza a seducir y ahí se vuelve interesante, atractivo, deseable.

Me gustan los chicos que te miran y con una sonrisa te dicen “Hola, ¿cómo estás?”, mientras posan su mano sobre tu hombro y te hacen un mimo, un mini masaje conquistador.

Me gustan los chicos que parecieran protagonizar escenas cinematográficas. Esos que se sientan solos, sin compañía en la punta de la barra de un bar y se piden un cóctel o una botella de vino para saborearla de a poco. Esos que te miran intesamente de lejos, que tantean la situación desde su banqueta y no se apresuran, esperan el momento oportuno para acercarse y sorprender revelando de golpe toda su confianza, toda su sensualidad, todo su control.

Me gustan esos chicos, no sé porqué, es llamativo, no creo que congenien mucho con mi perfil pero me gustan así.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Palabras más, palabras menos


-Buen viaje y cuidáte. Te amo mucho, hijo.
-Yo también.
La imagen era por demás llamativa: a punto de salir el tren, un padre joven acompañando a la estación a su hijo adolescente, que tenía un look entre rapero y basquetbolista: el pelo teñido, la cara poblada por piercings, las uñas semi despintadas de negro, la mochilita de Metallica, llena de escritos en liquid paper, la gorra roja y negra que rezaba: “Truth hurts”. Las palabras que se dijeron fueron muy expresivas, después se fundieron en un abrazo y se despidieron. El chico viajó a mi lado porque se quería volver a su casa, se había embolado en Mar del Plata.
-Estos asientos son de los 80, 70, por ahí, ¿no?
-De antes. De los 60, o de antes deben ser. Estos trenes los trajo Perón en los 50, más o menos.
-¿De dónde los trajo?
-Creo que de España.
-¿Cuántos compró?
-No sé, qué sé yo cuántos.
-O sea que podemos decir que estamos en un tren peronista.
-Jaja. 
Un diálogo extraño para esos personajes, palabras que me quedaron sonando durante las siete horas de viaje, retumbaban, pasaban de un oído a otro en el balanceo del cuerpo que acompañaba al movimiento del tren, condimentaban el paisaje bonaerense de ruta 2, y campos verdes, bien verdes por la lluvia.
-Te amo mucho, hijo.
Palabras sinceras, simples pero difíciles de pronunciar, que no se dicen a menudo. Palabras que se escupen mucho en la tele, en las novelas de la tarde o en las de la noche, pero que no son sentidas, no son como estas.

sábado, 20 de marzo de 2010

Contraimagen

No los conté pero deben ser al menos 10 kilómetros. Sí, esa debe ser la distancia entre la casa de mi abuela y La Morocha, una de las playas del sur de Mar del Plata. Bien al sur, pasando Punta Mogotes, pasando El Faro, en la ruta que va a Miramar.

Antes de encontrarme con ella, yo estaba todo el día en la otra punta, en las playas del norte, porque quedan más cerca, porque son más despobladas y porque podía entrar con la bicicleta. La bici me acompañó siempre a la playa. ¡Hasta fue a Santa Clara! Y esta vez no iba a ser la excepción. Ni la hora, ni la temperatura, ni las pronunciadas lomadas de la ciudad feliz impedirían que yo fuera motorizada a La Morocha.

Salí once y cuarto porque había quedado en encontrarme con ella a las 12, justo en la entrada. No tenía idea cuánto iba a tardar pero dije, por las dudas, salgo con tiempo. El camino se hizo duro, difícil, arduo. El sol lastimaba a pesar del protector solar, el viento se volvía en contra y era caliente como la arena. Las calles en subida se multiplicaban y el camino era como un laberinto, no podía encontrar el destino.

No miré nunca el reloj pero me daba cuenta de que una vez más estaba llegando tarde. Hacía lo imposible para pedalear más rápido pero estaba agitada, el sudor recorría todo mi cuerpo, se me empañaban los anteojos de sol.

A las doce, doce y diez llego, miro enfrente y la veo: ella estaba ahí parada casi en la puerta del autocamping. Rubia, vestida de azul como siempre, con su vinchita con cascabeles, con la musculosa semi puesta, el corpiño de la bikini que se asomaba, broceándose, cosechando piropos. Yo, llegué acalorada, agitada, despeinada, empapada en transpiración, me sentí el ciclista de Las trillizas de Belleville y ni siquiera recibí una palabra de aliento en todo el camino.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Tarde-noche de tenis


Empezó el 2010 y volví  a los courts. Hace rato que fantaseaba con la idea, pero mi corto presupuesto (para más detalles, ver post anterior) no me dejaba avanzar, dar ese primer paso. Sin embargo, un día de semana, caminando por Congreso, me llama la atención un cartel: “Tenis: 4953-0044”. Simple, corto, conciso. Lo recordé y llamé porque pensé que podría ser una señal. Y no me equivoqué, hay una opción interesante de clases grupales por $160 mensuales, que para este deporte, resulta un buen precio.
Fui nomás y quedé fascinada. No tanto por la clase en sí –somos cinco chicas– pero más por el lugar. Es una terraza ocupada por tres canchas de polvo de ladrillo, rodeada de edificios antiguos. El cielo estaba cubierto, avisaba lluvia, el viento levantaba polvo, las pelotas se multiplicaban y las cúpulas de los edificios asomaban cerca nuestro, fijas como estatuas, inamovibles, marcaban su presencia, imponían respeto.
Y yo, otra vez con mi raqueta en mano, pegando derechas largas que se iban afuera, reveses flojos, y yéndome a la red con poco pero con decisión, ganando algunos puntos, perdiendo pocos, alentando a las compañeras, haciéndole chistes al profesor... Contenta, muy contenta.