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lunes, 10 de mayo de 2010

El cuaderno de mi hermano


Leo es muy prolijo, siempre lo fue. No tiene todo tirado como yo, se ve que le gusta el orden. Y así es con todo: su caja de herramientas con cada utensilio en su lugar, los condimentos en diferentes frasquitos pero en el mismo espacio, los cables enrollados cuidadosamente, nada de hacerlos un nido de carancho. Ahora que es nómade y podría dispersarse, no, su prolijidad y orden se acentúan. Tiene todo bien acomodado en distintas casas, cada caja de objetos está rotulada: fotos, COCINA: condimentos, tés, yerba; COCINA: utensilios y cubiertos; COCINA: Súper frágil, copas y vasos; y así.
Como quiere vivir en un velero está aumentando sus conocimientos náuticos por eso una vez por semana va al curso de patrón. El otro día vino a casa después de clase y me mostró su cuaderno de anotaciones. Yo también tengo el mío que uso en la facultad, es el mismo para dos materias y sufrió, entre otros inconvenientes, un derrame de agua que provocó una inflamación y posterior endurecimiento del papel. A pesar de todo se la banca y sigue llenándose con palabras, tachaduras y gráficos pésimamente dibujados siempre en birome azul.
Pero el cuaderno de mi hermano no. El cuaderno de mi hermano es distinto. Cuando lo vi le dije: “Boludo, esto es un manual de la escuela. Mirá yo tengo uno ahí, es como un manual”. Y me respondió: “Sí, claro, es que yo me quiero hacer un manual”. Es artesanal, está hecho a mano pero está diseñado con blancos, con gráficos de colores, con viñetas, con recuadros y hasta con íconos que indican atención, zonas de interés. Para no hacerme sentir mal, me dice: “Lo que pasa es que el tuyo es un cuaderno de apuntes. Yo no tomo apuntes, ¿ves? Lo único que anoto en clase son las páginas que tira el profesor y después en casa busco en Internet y escribo lo que me interesa. Por eso está tan prolijo, porque lo hago tranquilo en casa”.
Cuando guarda el cuaderno en la mochila, veo que se asoman unos rollos de contact y le pregunto: “¿No me digas que es para forrar el cuaderno?”. Se ríe, lo niega con la cabeza y me dice que es para otra cosa. Sospecho… cuando vuelva a ver el cuaderno les cuento.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Ser distinta


No se me da bien lo hablado, nunca me destaqué por eso. En el mundo de los hablantes siempre pierdo, porque escucho, pienso y luego hablo. Entonces consumo tiempo, y quedo atrás frente a los que tienen el don de escupir sonidos continuamente. Eso sí, siempre tengo la sensación de que me quedo con ganas de decir algo más pero mi momento ya pasó y a veces no se puede retroceder casilleros.

A pesar de mi flaqueza en el habla, estudio una carrera que tiene finales orales obligatorios. Por lo que al menos dos veces al año, me tengo que sentar delante de un o unos docentes y hablar, hablar y hablar.


De afuera, imagino que se debe ver algo así:
Una alumna novata se sienta con su botellita de agua, porque además del acelere de sus palpitaciones, se le seca la boca, se queda sin saliva y va perdiendo la voz, entonces, un sorbo cada tanto le ayuda a seguir hablando. Pero la alumna va ganando confianza, infla el pecho y hasta se da el gusto de contar una anécdota personal, que digamos, venía al caso:

“El otro día estaba en un supermercado chino, no, era una casa de comidas china, y vi una revista. La vi y estaba al revés, bah, para mí estaba al revés porque la contratapa era la tapa, y se abría de atrás para adelante. Me llamó mucho la atención porque era muy extraño, no entendía nada, bueno obviamente porque estaba en chino, pero además leer la revista de atrás para adelante era rarísimo”.

Si bien la anécdota es cierta, no es menos cierto que no fue algo espontáneo. La alumna tenía todo craneado desde hacía unos días cuando empezó a preparar el tema, pensó que un poco de cotidianidad iba a acompañar muy bien el contenido académico. En otras palabras, canchereó y le salió bien.

Ayer fui a ver una película china, y en una de las escenas, se ve un hombre de espaldas leyendo una revista, china. El hombre fuma mientras voltea las hojas de la publicación y lo hace como cualquier occidental, no va de atrás para adelante.

Se me ocurre que las revistas chinas que llegan acá deben ser for export y las harán al revés para alimentar la nostalgia de los desarraigados y para ayudar a estudiantes que las usan de ejemplo en un examen final.

sábado, 12 de abril de 2008

Sábado libre




“Los sábados las chicas antes de las 2, free”. Esto se puede leer en una entrada de boliche o en un flyer y a pesar de que hace un tiempo que no voy a bailar –no hace tanto pero la última vez en Brasil, no nos dieron entrada-, siempre me acuerdo de esa promo.

Quizá sea porque nunca fui a bailar antes de las dos de la mañana y siempre tuve que pagar, a no ser que estuviera en la lista de algún muñe RRPP, pero hoy pienso que es porque me hace ruido la combinación entre “sábado” y “free”.

Hace dos años que trabajo de martes a sábado y salvo que me tome vacaciones no sé lo que es tener un sábado libre.

De los dos días del fin de semana, el sábado es el día activo. Tenés para elegir: podés ir a consumir como loca a la Avenida Santa Fé porque todos los negocios están abiertos, podés ir a cortarte el pelo, a depilarte, al gimnasio, a la pileta y si tenés muchas ganas, hasta podés ir a la facultad.

Después de dos años, hoy 12 de abril de 2008 vuelvo a tener un sábado libre, y si mantengo este trabajo, parece que va a ser una cosa de todas las semanas.

Todavía no lo puedo creer. Lo primero que hice fue escribir textos para mi blog, que ya se quejaron porque está muy desactualizado. A falta de uno, escribí tres. Y ahora me parece que me voy a caminar y después a la peluquería.

A la noche tengo cena con mis amigas y quizá pueda cerrar ‘mi primer sábado libre después de dos años’ en un boliche. Sé que hasta las dos entro gratis.

Estudiar de noche


Fachada del Joaquín V. González en Montes de Oca y Quinquela

Suena el timbre, son las 23 clavadas. ¿Es el recreo? No. Es la hora de irse a casa. Mi papá hizo el secundario de noche porque trabajaba y sus horarios no eran compatibles. Así, de lunes a viernes a las 23 salía del colegio que está en la esquina de mi casa, el Joaquín V. González y caminaba rumbo a su hogar en Suárez y Martín Rodríguez, República de La Boca.

Ya pasaron más de cuarenta años de la graduación de mi padre y sin embargo hay cosas que no cambian.

Yo también debería salir a las 23, pero casi siempre me voy antes porque hay un acuerdo tácito y digamos que está estipulado cerrar más temprano. En la facultad no suena el timbre, simplemente el profesor decide cortar y unos segundos antes de la frase de despedida -“Nos vemos el miércoles que viene”-, los alumnos hacen ruido. Las chicas abren sus carteras y guardan su cuaderno y las lapiceras. Los chicos modernos llenan el morral de apuntes y los señores, el portafolio. Se levantan de la silla, y ya de pie, escuchan con esfuerzo las últimas indicaciones del profesor y salen del aula en malón.

Yo, más tranquila, más lenta, camino con pausa para ir a casita. Son las diez y cuarto, diez y media de la noche y estoy sola paseando por Caballito. La Pedro Goyena es desoladora, nadie por aquí, nadie por allá. Y todavía me restan ocho cuadras hasta la parada del 133. En el camino me cruzo con tres heladerías –Verona, Cittá Nova y una nueva que no recuerdo el nombre- y tengo que guardar las manos en los bolsillos y mirar para abajo para seguir de largo.

Igual sé que tengo otra oportunidad porque Verona tiene una sucursal a cinco cuadras de casa. Así que si me arrepiento, me puedo bajar antes y comerme uno de cinco pesos de frambuesa y mousse de limón.

Pero no, no me arrepiento porque sé que el mejor helado de Barracas es de Dylan y el colectivo no pasa por ahí, y además es tarde y quiero llegar a casa y cocinarme algo rico, caliente y salado.

Me bajo en la esquina y paso por el colegio -el Joaquín, como le decimos cariñosamente los barraquenses-. En la puerta hay una nube de chicos y chicas vestidos de guardapolvo. Miro el reloj. Y claro, son las 23.