Sigo caminando por la “avenida que nunca duerme”, ya con ganas de volver a casa y hete aquí que no tengo monedas para el colectivo. ¿Qué puedo hacer entonces? O bien me voy caminando, o me compro algo y ruego que me den vuelto con monedas.
Como no tenía ganas de volver a pie, tuve un déjà vu forzado y otra vez me encontré dentro de una disquería, hurgando entre los cds y el polvo, esta vez con la decisión de consumir.
Y también me encontré mirando con demasiada atención los precios, y haciendo cuentas: ‘Este cuesta 20 pesos entonces no hay manera de que reciba monedas. Tengo que encontrar uno que salga 19 ó 17…’
Y de repente me encontré buscando un disco ya no por estilo musical o intérprete, ni siquiera por el arte de tapa, ¡sino por el precio! Hasta ahí llegué. Otra vez afuera con las manos sucias, sin disco y sin monedas.
Sigo mi camino por Corrientes en el sentido de los autos y entre el humo que reposa por estos días en Buenos Aires y el smog del 24, aunque parezca una paradoja, se hace la luz: “El gato negro”. ¡Cuántas veces pasé por ahí y me quedé pegada a la vidriera imaginando el aroma del té de vainilla y canela! ¿Por qué nunca lo había comprado? No lo sé. Pero esta era mi oportunidad. Y no la pensaba dejar pasar.
Sin mayores preámbulos abrí la puerta y enfilé derechito para el mostrador donde están todos los frascos, incluido el té (en hebras, claro está) de vainilla y canela -para los que no me conocen, son los dos aromas que más disfruto en la vida-. El mínimo es 25 gramos ($5) pero muy segura, le dije: ‘Ponéme 50’ (no iba a andar escatimando con la vainilla y la canela). Al té le sumé 25 de pimienta negra partida (todo en bolsitas separadas, mezclar nunca es bueno) y el total marcó 15 pesos pero como le pagué con 16... ¡Me dio una moneda!
Crucé la vereda para tomarme el colectivo con una sonrisa: había comprado a conciencia y además no tenía que volver a casa caminando. Eso sí, mis manos seguían sucias.