
Tardé más de la cuenta y más de lo que me hubiera gustado en escribir esto porque lo quería hacer bien. A veces me gusta hacerla completa. Por ejemplo hace una semana quería comer guacamole, pero un guacamole bien. Uno que reuniera todos y cada uno de los ingredientes: palta madura, locoto (es un ají picante como un putaparió o “el de la mala palabra”), tomate, cebolla, aceite de oliva (sólo unas gotitas), pimentón dulce español, ketchup picante, sal y... la figurita difícil: cilantro. Esos pequeños yuyitos verdes que se parecen al perejil pero ni se comparan en sabor son casi unas hierbitas gourmet en mi barrio.
Cerca de casa es difícil conseguir y algo que me indigna es que Victoria, la verdulera de la esquina no tenga. Sólo por el hecho de ser boliviana debería tener y no de vez en cuando, sino siempre. Es que los bolivianos están acostumbrados a comer cilantro seguido, quizá no tanto como los peruanos o los mexicanos pero lo tienen bastante incorporado a sus platos. Y todas las bolivianas que venden en la calle tienen cilantro, no lo tienen a la vista pero si les pedís, buscan hasta que encuentran los ramilletes en un bolsita que está adentro de otra, y otra, y otra (no sé porqué tienen tantas bolsitas).
Como Victoria no tiene, hay que fijarse en el Josimar -el súper- que es una lotería: a veces está, otras no. Y sino, probar suerte en las verdulerías del derredor que evidentemente nunca se enteraron de que el cilantro existe. Yo ya voy con desconfianza, como sabiendo lo que me espera:
-Hola, por casualidad no tenés cilantro, ¿no?
-¿Qué cosa?
-¿Qué cosa?
-Cilantro...
-No, nena, esas cosas no tenemos nosotros.
Y el diálogo se repite. Hasta que pruebo en los chinos -no sé si son chinos pero orientales, seguro- y la chinita divina que siempre tiene una sonrisa, me mira y me dice:
-¿Cilantlo? Jaja, justo quedó un paquele.
Y se va lejos, a la cámara o al depósito de donde los chinitos sacan las verduras más delicadas y me trae un ramito hermoso, bien verde, bien aromático, bien rico. Es cierto, me costó, perdí bastante tiempo, di muchas vueltas, me cansé de preguntar siempre lo mismo y oír la misma respuesta pero conseguí lo que buscaba y pude hacerme un guacamole como la gente, como me gusta a mí. Y como dice mi hermano, saboreé el guacamole “más rico del mundo”.
Como este ejemplo se extendió demasiado, decidí postear el texto que remite a “Cosas que te hacen feliz III” en una segunda entrega que viene a continuación. Es como el “continuará” de las novelas de los ochenta o el “to be continued” de las sagas de pelis hollywoodenses.