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jueves, 14 de enero de 2010
Al borde del suicidio o al borde de un ataque de nervios
Antes de ir a terapia pasás por la dietética para comprar un poco de harina integral porque la cena ya está pensada. Llegás a tu casa a eso de las nueve, enseguida te ponés a cocinar sin receta a mano, pero con el tip que te pasó una amiga el día anterior. Una masa de tarta de harina integral es simple: harina, aceite, sal y agua, la amasás y ponés en la tartera. Ponés las verduras, un poco de queso, un huevo y al horno. Sale rico, comés frente al televisor, mirando Ciega a citas, riéndote y al mismo tiempo, identificándote con la protagonista. Tuviste una buena cena, una buena noche, tranquila, solitaria pero linda. Volvés a la cocina para poner la tarta en la heladera y lavar los platos. Vas a guardar el aceite en la alacena pero un bichito que camina por la puerta te sorprende. Lo matás, pero adentro, en la bandeja donde apoyás el aceite, ves otro que camina por el papel de cocina. Y buscás más atrás y aparece otro cerca del vinagre, y otro cerca de la miel, y otro cerca del pimentón español. Acá hay algo que no está bien, pensás. Y llegás al pan rallado, ese que te dio tu mamá una vez hace más de un año. El pan rallado es color arena, pero no este, este es color negro. Te da asco, impresión, y tirás todo: el vinagre, la miel, el pimentón español -¡cómo te dolió eso!-. Y te agarra un ataque, empezás a sacar todos los cubiertos y los ponés en la pileta, limpiás los frascos con un trapo y vaciás la alacena para echarle lavandina y desinfectante. Pero a pesar de todo, siguen caminando bichos, no se van, siguen por allí. Entonces te das cuenta de que vas a estar horas limpiando sin sentido, hoy no vas a poder matarlos a todos. Secás los cuchillos que lavaste recién y los mirás con buenos ojos: ¿y si te clavás uno de estos? Lo desechás enseguida, no tienen mucho filo, más que un corte superficial no te van a hacer. Se te ocurre otra cosa: ¿por qué no bajar un cambio? Buscás con desesperación y ansiedad en la latita de Bob Marley, por suerte algo queda. Vas a la terraza, te acordaste de que tenés que regar las plantas. Llenás de agua la regadera y con dificultad lo encendés, prende y tira, tira como loco, tira para arriba. Te reís, tocás las plantitas, la tierra está húmeda. Bajás, te sentás en la cama, ya más calmada mirás el reloj, son las 2.25 de la mañana, pensás en la película Mujeres al borde de un ataque de nervios, podrías ser una chica Almodóvar, te decís, y, riéndote, te vas a dormir.
jueves, 7 de enero de 2010
Caja de herramientas
Las tareas de la casa no son santas de mi devoción. Reconozco que no me gusta limpiar nada: ni barrer, ni pasar el trapo, ni limpiar los baños, ni la cocina. De hecho hay cosas que no hago, y creo que no haré, hasta que logre ser potentada como para poder contratar una empleada de las artes del hogar. Nunca, en estos cuatro años y medio que vivo acá, limpié los vidrios de las ventanas. Jamás. Y reitero: no creo que lo haga algún día. Hay que decir que al ser vidrios antiguos, de esos arrugados, la mugre se camufla, al menos un poco. Pero cuando les da el sol directo no hay nada que hacer, la tierra se ve desde cualquier ángulo.
Así como no me gusta limpiar, tampoco me gustan los menesteres que insuman mucho trabajo y tiempo en la casa –excepto cocinar-. Me fastidia que se quemen las lamparitas porque nunca logro juntar ganas para cambiarlas, no me animo a hacer agujeros con el taladro por miedo a que se me quiebre toda la pared o que pinche un caño sin querer, me da demasiada pereza hacer la jardinería, y hasta me cuesta encontrar ganas para algo tan simple como clavar un clavo.
Sin embargo, de vez en cuando, hay que arremangarse y ponerse manos a la obra. Es así que hoy decidí hacer la jardinería y saqué una cantidad de yuyos increíble. No conforme con eso, arriesgué y fui por más: me animé con la electricidad. Después del laburo de hoy, creo que ya encontré mi vocación, sin dudas, lo mío son las luces, los cables, la cinta aisladora y la caja de herramientas.
Hasta fui a la ferretería a comprar destornilladores (uno Parker y otro plano porque no todos los tornillos son iguales) y después tuve que volver porque necesitaba cinta aisladora para unir cables. Ahí fue cuando entablé una linda conversación con el ferretero:
-Cinta aisladora y dos lamparitas más de 40, por favor.
-¿Qué te pasó: se te rompieron o te quedaste corta?
-No, no, me quedé corta –canchereé.
-Ah, está bien.
-Y una pinza, no pico de loro, una normal.
-¿Te mudaste?
-No, no. Me faltan herramientas.
-No, digo, quizá... Una pinza universal, ¿así te parece bien? (La saca de la bolsa) Fijate si la podés manejar.
(Abro y cierro la pinza como si estuviera chequeando el cierre de una prenda). –Sí, está bien. Perfecto.
-¿Vos tenés cajas de herramientas? –le pregunto con cierto interés.
-Siiiiií, ahí arriba. Ahora te muestro.
-¡Eeeehh! No, pero son muy grandes.
-Nooo, esas son chicas. Ahora te muestro, vas a ver.
-¿Y cuánto cuesta esa, por ejemplo?
-Ya te digo… Esa te sale 45.
(Me sorprendo porque me resulta muy barato, pero no demuestro nada con mi cara de póker).
(El ferretero busca la escalera, se sube y baja la caja de herramientas, con sorprendente facilidad, como si no pesara ni un gramo).
-Acá tenés un compartimento, y ponés tornillos, clavos. Acá hay otro para lo mismo.
(La abre y la caja sigue vacía, pero tiene un sobre piso que está por levantar)
-Acá ponés las pinzas y las herramientas que vos quieras y –levanta el sobre piso- acá ponés las herramientas más grandes.
-Bueno, buenísimo. Después lo veo. Gracias. Hasta luego.
Camino a casa me reía sola, nunca pensé que el ferretero me iba a mostrar una caja de herramientas vacía, sin utensilios, ¿para qué quiero una caja vacía si no tengo con qué llenarla? Está bien que ahora tengo dos destornilladores, una pinza universal y un rollo de cinta aisladora blanca, pero todo eso no alcanza ni para hacer bulto en el compartimento de los clavos. De todos modos, por algo se empieza, ¿no?
sábado, 2 de enero de 2010
Orgullo padre
Un hijo, cuando se vuelve grande, suele darle enseñanzas, verdaderos aprendizajes de vida a sus padres, y ellos, por supuesto, orgullosos. “¡Qué inteligente que es mi hijito!” bien podría decir un papá contento, inflando el pecho.
Algunas enseñanzas son más solemnes que otras, podemos hablar de lecciones de vida o simplemente de pequeños descubrimientos que parecen insignificantes pero no lo son.
-Vení, viejito, mirá. Frotále un poquito el tallo y vas a ver el olor que tiene… ¿sentís? Está buenísimo, es re linda la plantita, re linda.
-¿Y esto se fuma?
-No, después florece, la flor es como si fuera uno de estos capullos, así, pero mucho más grande, y eso se fuma. Tenés que ver si es macho o hembra, porque sólo las hembras sirven, si es macho no se puede fumar. En Europa te venden la semilla ya germinada por 45 euros. Te aseguran de que es hembra.
-¿Y esta la compraste?
-No, acá no se venden. Estas las planté yo, no sé qué son, pueden ser macho o hembra. Generalmente salen más machos que hembras.
Ahora, y gracias a la enseñanza de mi hermano, mi papá puede armarse un jardín de plantas de cannabis en su casa para que nosotros vayamos a visitarlo más seguido.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Cosas que te hacen feliz III (intro)

Tardé más de la cuenta y más de lo que me hubiera gustado en escribir esto porque lo quería hacer bien. A veces me gusta hacerla completa. Por ejemplo hace una semana quería comer guacamole, pero un guacamole bien. Uno que reuniera todos y cada uno de los ingredientes: palta madura, locoto (es un ají picante como un putaparió o “el de la mala palabra”), tomate, cebolla, aceite de oliva (sólo unas gotitas), pimentón dulce español, ketchup picante, sal y... la figurita difícil: cilantro. Esos pequeños yuyitos verdes que se parecen al perejil pero ni se comparan en sabor son casi unas hierbitas gourmet en mi barrio.
Cerca de casa es difícil conseguir y algo que me indigna es que Victoria, la verdulera de la esquina no tenga. Sólo por el hecho de ser boliviana debería tener y no de vez en cuando, sino siempre. Es que los bolivianos están acostumbrados a comer cilantro seguido, quizá no tanto como los peruanos o los mexicanos pero lo tienen bastante incorporado a sus platos. Y todas las bolivianas que venden en la calle tienen cilantro, no lo tienen a la vista pero si les pedís, buscan hasta que encuentran los ramilletes en un bolsita que está adentro de otra, y otra, y otra (no sé porqué tienen tantas bolsitas).
Como Victoria no tiene, hay que fijarse en el Josimar -el súper- que es una lotería: a veces está, otras no. Y sino, probar suerte en las verdulerías del derredor que evidentemente nunca se enteraron de que el cilantro existe. Yo ya voy con desconfianza, como sabiendo lo que me espera:
-Hola, por casualidad no tenés cilantro, ¿no?
-¿Qué cosa?
-¿Qué cosa?
-Cilantro...
-No, nena, esas cosas no tenemos nosotros.
Y el diálogo se repite. Hasta que pruebo en los chinos -no sé si son chinos pero orientales, seguro- y la chinita divina que siempre tiene una sonrisa, me mira y me dice:
-¿Cilantlo? Jaja, justo quedó un paquele.
Y se va lejos, a la cámara o al depósito de donde los chinitos sacan las verduras más delicadas y me trae un ramito hermoso, bien verde, bien aromático, bien rico. Es cierto, me costó, perdí bastante tiempo, di muchas vueltas, me cansé de preguntar siempre lo mismo y oír la misma respuesta pero conseguí lo que buscaba y pude hacerme un guacamole como la gente, como me gusta a mí. Y como dice mi hermano, saboreé el guacamole “más rico del mundo”.
Como este ejemplo se extendió demasiado, decidí postear el texto que remite a “Cosas que te hacen feliz III” en una segunda entrega que viene a continuación. Es como el “continuará” de las novelas de los ochenta o el “to be continued” de las sagas de pelis hollywoodenses.
jueves, 7 de agosto de 2008
Ruidos molestos

Ocho menos cuarto suena el despertador. Antes lo ponía siete y media, ahora lo corrí quince minutitos. Total, me termino levantando a las nueve, justo cuando empieza mi horario de trabajo. De la cama a la computadora no tardo más de un segundo, es que están en el mismo ambiente.
El despertador suena y yo lo toco para que se calle pero no lo apago, entonces vuelve a avisar que ya es hora de levantarse cinco minutos después, y diez, y veinte. No me levanto, sigo entredormida en la cama.
Hasta hoy pensaba que cuando dormimos no hay peor manera de abrir los ojos que con el sonido molesto del despertador. Pero hoy cambié de opinión.
Hoy, alrededor de las ocho y cuarto, ocho y media escucho:
-Eh, flaco, ¿qué hacés?
-La concha de tu madre.
Y corridas por el techo de mi casa, después un ruido de un cuerpo que impacta violentamente sobre una base sólida, como si alguien se hubiera tirado hacia otro techo y finalmente dos disparos. Todo eso entredormida, en la cama, ya sentada por el susto, sin saber bien qué hacer.
Evidentemente después de esto no me volví a dormir pero esperé hasta las nueve para levantarme, justo cuando me tocan el timbre. Era mi vecino que me pide disculpas por despertarme y me cuenta la sucesión de los hechos.
Ahora estoy tranquila pero qué miedo. Más tarde quizá venga la policía. De vuelta, qué miedo.
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